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El Asesino de Leyendas

Entradas de blog

Minipost: Cosas que hago aparte y tal

Escrito por mariods el 24/04/2012
Estas últimas semanas he tenido poco tiempo para actualizar cómics y tal. Esta es una de las razones. . Por otro lado tenemos las fiestas de Moros y Cristianos de Alcoy, debates sobre el Weezine, cosas de clase, encarguilos, etc.

Espero poder continuar en breve con mis cómics, me muero de ganas por dibujar todo lo que tengo en mente. :)

¡Un saludo y gracias a todos! :D

Memorias Nostálgicas (2): TMNT: el juego

Escrito por mariods el 22/11/2011
Tras el principio de mi anterior post, estaba claro que el próximo tema del que hablaría sería este.¡Motherfucking Teenage Mutant Ninja Turtles! Pero no, no voy a centrarme en toda la producción que se hizo acerca de la genial creación de Kevin Eastman y Peter Laird. Quiero centrarme específicamente en uno de los productos relacionados con la fiebre tortuga que más marcó mi infancia. Más aún que la serie de televisión. Más aún que los cómics y las películas (mi valoración: TMNT 1: Muy buena; TMNT 2: Buena; TMNT 3: Extraña, pero salvable; TMNT Nueva Mutación: Arg, prefiero olvidarlo; TMNT 3D: Bastante buena; TMNT Forever: Puta obra maestra). Digamos que, en mi caso, siempre he sido de los que prefiere crear y estar DENTRO de la historia antes de que se la cuenten. Y es por eso que mi mayor devoción siempre fue para los muñecos de Bandai y el tema del que voy a hablar ahora: El juego Arcade de las Tortugas Ninja.

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Casi... puedo... tocarlo...

Ya dije que, a mi tierna (es un decir) edad de siete años, amaba frecuentar la humilde tienda de recreativos de mi ciudad. Una vez a la semana mi familia me daba una cantidad justa y asequible de dinero con la que me daba suficiente para jugar a unos cinco juegos, como mínimo (planificada y calculada estratagema para echarme de casa a mí y a mi abuelo al que siempre le tocaba el marrón de acompañarme). Debía elegir sabiamente en qué invertiría mis pesetillas. Y de entre toda la selección de ese local, había ciertas recreativas que siempre se contaban entre mis opciones favoritas: Spin Master, Astérix, The Simpson, Metal Slug (aunque ese ya me pillaría bastante más crecidito)... y Teenage Mutant Ninja Turtles.

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El arcade de Teenage Mutant Ninja Turtles ofrecía al fanático medio de las Tortugas Ninja todo lo que deseaba: Una trama poco compleja basada principalmente en salvar a April O´Neal (¿qué niño no querría salvarla, exceptuando aquellos que no vieran la serie o aquellos a los que les molara más Casey o aquellos que les bastaba con babear con cada plano mal dibujado del escote de April en la serie?) y en asumir los roles de tus tortugas amorfas y científicamente insultantes favoritas. Esto sin lugar a dudas era fantástico: la posibilidad de jugar no dos ni tres (eliminado será el cinco) CUATRO personas al mismo tiempo. Para el recuerdo quedan esas maravillosas partidas entre amigos o entre absolutos desconocidos que iban sumándose poco a poco a la épica batalla por la consecución de un juego sacacuartos endiabladamente complicado (y que encima iba ampliando su jodidez a medida que se sumaban jugadores, ergo, aquí lo del "trabajo en equipo para facilitar las cosas" no cuenta para nada).

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Tras firmar tu sentencia de muert... este, introducir la primera monedita en la ranura (no será la última), asistimos a la que posiblemente es la mejor intro de un glorioso videojuego. Las tortugas ninja están una buena noche haciendo el notas por los tejados junto a su maestro Astilla/Splinter/Amato Yoshi/La rata esa, vigilando desde lejos por desconocidas e inexplicables razones el apartamento donde vive la atractiva reportera April O´Neal (bueno, igual no son tan inexplicables) y de repente, ¡LLEGA LA TRAMA!

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La primera pantalla es una tremenda orgía de caos con las tortugas y los miembros del clan del pié (terrorífica imagen se me ha venido a la mente con eso de "orgía") en la que tendremos que empezar a machacar botones ya desde un principio para sacarnos de encima a esos cabrones de púrpura, azul, rojo y blanco (ni puñetera idea de esta nueva explosión de colores entre las filas de los ninjas, lo cierto es que estos colores no son precisamente los más adecuados para ocultarte o pasar desapercibido). Curiosamente, la prioridad inicial de las tortugas es llegar al bloque donde vive April para salvarla (o vete tú a saber). Esto me escama. ¿No habrá acaso más personas en ese edificio en llamas? Tengo dos teorías: una, que todos estuviesen de vacaciones en ese preciso momento menos April, que es una maldita sosa trabajadora pelotillera; o dos, que TODOS sus vecinos fuesen miembros del clan del pié, que no se hubiesen revelado hasta ese mismo momento (menudo trauma, ¿te imaginas que tu vecina regordeta, la del perrito meón, resultara ser un ninja asesino? ¿Y su perro también? ¿y que quisiera matarte? ¿te horrorizaría o lo verías lógico?). Porque la tercera opción sería que las tortugas ninja son unas putas cabronas, pero todos sabemos que eso no es así, ¿verdad? ¿VERDAD?

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Y así, tras enfrentarte por primera vez a un Rocksteady cargado de hormonas y muy mala uva, tienes a la pechugona reportera a puntito para hacerle guarreridas espaniolas... pero en ese preciso instante...

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¡Ah, pillastre! ¡Ese cacho troll de Shredder surge de la nave trituradora (peculiarmente pequeña por lo que la sola idea de que Rocksteady y él pudiesen caber dentro es impensable) y se nos lleva a April! ¡Maldición! El muy truhán, todo era una trampa para obtener un rehén y que las Tortugas le sigan a su trampa... o no. Que tampoco acaba de quedar muy claro que es lo que Shredder tiene con esa reportera que le gusta tanto secuestrarla... o, bueno... joder, esque es tan jodidamente obvio que duele.

Pues nada. Tocan varias pantallitas con nuestras amiguetas las tortus metiéndose por alcantarllas, buscando bulla por los barrios de yonkis y destrozando mobiliario urbano a diestro y siniestro. De hecho no está muy claro qué camino siguen exactamente. Confían en que su corazón les guiará a dónde esté April, como en En Busca del Valle Encantado. Y oh, sorpresa, sin necesidad de intervención random de tiranosaurio y sacrificio de secundario cómico, llegan a unas obras donde su amiguita está custodiada por esos horrores naturales que son Beebop y Rocksteady. ¿Are you fucking serious, Shredder? ¿Beebop y Rocksteady? ¿Esa era la gran trampa en la que iban a caer las tortugas? ¿Soltarles a tus dos esbirros torpones causantes de hilarantes situaciones? Ni a Skelletor se le ocurriría una soplapollez tan grande, macho. En fin, sea como sea, las tortugas empiezan a apalizarles sin compasión (para este tipo de situaciones sí que compensaba el ser cuatro contra dos), ante los ojos de su amada reportera, que sin duda está pasando por el día más Disney de su vida (ver a unas tortugas machacan a un jabalí y un rinoceronte por salvarte la vida no puede ser bueno para tu autoestima).

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Y una vez tirados los despojos, ¡Albricias y zapatetas! April es liberada y obsequia con un beso a la tortuga que más piños ha sacado (o la que más hostias ha dado o la que más puntos tiene, o a la que más han apalizado, nunca tuve muy claro el criterio de esta parte). Eso sí, en el cabezón reseco, que esto son dibujitos para niños y la zoofilia está mal vista.

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"Es como besar a un cacahuete"

Y aquí es donde el juego arriesga. Y esque la histria NO ACABA AHÍ. Justamente cuando creías que te habías reventado todo el juego terminando este como cualquier otro capítulo, te aparece una nueva pantalla con las tortugas repartiendo de lo suyo en un puente O_o Casi tan rápido que si en ese momento has despegado las manos de los mandos para fumarte el puro de chocolate de la victoria, se te suicidan en el acto y a tomar por culo el dinero invertido en la maquinita. Y esque la cosa no ha acabado aún, porque ahora es Splinter el que es raptado (Shredder, lo de April quizás es comprensible, pero eso último da a pensar muy mal de tí) y las tortugas deberán viajar hasta unas obras sacrificando su furgoneta to wapa por el camino (momento tristísimo, casi tanto como cuando se destruye el Delorean), hasta llegar al mismísimo culo del infierno, donde encontrarán... el Tecnódromo.

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¿CÓMO? ¿DE QUÉ VAIS? ¡EN LA SERIE OS ERA ABSOLUTAMENTE COMPLICADÍSIMO ENCONTRAR ESE ARMATOSTE! ¡ERA EL ESCONDITE PERFECTO PARA CUALQUIER VILLANO QUE SE PRECIARA POR EL SIMPLE HECHO DE QUE CAMBIA DE ZONA CADA DÍA! ¿Y AHORA, ENTRANDO EN UN AGUJERO MUY HONDO VAIS Y LO ENCONTRAIS A LA PRIMERA? Euh... esto... en fin, imaginaos como fliparían los fans de las tortugas ante esto. Pero no tanto como fliparían al ver lo que les esperaba tras muchos pasillos de endiabladas trampas, monstruos Lovecraftianos y ascensores para villanos marca Acme:

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¡Las tortugas le patean el culo a Krang! ¡Y matan a Shredder! ¡Sin valerse del comodín Deux ech Machina de Splinter! ¡Sin armas laser ni hostias! ¡Con las puñeteras armas que en la serie nunca jamás usan directamente! Y no contentos con ello, ¡REVIENTAN EL TECNÓDROMO POR COMPLETO! Ese último episodio que todos los niños estábamos deseando ver, ese episodio final donde todo se solucionaría en plan Disney, con los malos cascando de forma épica (o absurda, dependiendo de la peli) estaba ahí, frente a nuestros ojos, y no lo había solventado ningún guionista cargado de tripis, lo habíamos solventado nosotros, los fans. ¡Nosotros mismos habíamos acabado la puñetera serie y le habíamos dado un fin! Esta era una de las mejores bazas de estos juegos arcade. Si eras capaz de llegar al final, tú mismo te encargabas de darle el matarile perfecto a las series que nunca terminarían. Al igual que en el final del juego de Los Simpson revientas a Burns y a Smithers (eso cuando la serie estaba en su segunda y tercera temporada, en la actualidad, el verdadero final perfecto del arcade sería que reventaras a la estrella famosa invitada de turno).

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Y así era el ciclo. Acababas un juego tras mucha, mucha paciencia, tiempo y dinero, ¿y qué te quedaba? Un nuevo reto. Una nueva historia, unos nuevos secundarios random a los que noquear, Ya bien fuera el Cadillacs and Dinosaurs, el Final Fight, el Capitán Commando... Juegos que han acabado formando parte de la memoria colectiva de gran parte de los gamers de aquellos tiempos, bien por el carisma de sus personajes, su estupenda forma de hacerte vivir la aventura, su violencia cómica y divertida, sus tramas rocambolescas partiendo de argumentos simples (ya me dirás en qué otro lugar encontrarás a un nigger pegándole bazookazos a científicos locos que se convierten en dinosaurios o a un alcalde cachas apalizando kanis)... o el dinero que han hecho gastar a tus padres.

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Qué quereis que os diga, al igual que otras máquinas recreativas, para mi yo infantil el juego de las Tortugas Ninja supuso un hito grandioso y casi perfecto en la industria de los videojuegos. Era un juego que te animaba a ser persistente, a volver y enfrentarte a tus temores, a desafiar tus propios límites. Y si tenías la suerte de jugar con alguien, era una experiencia inolvidable, aunque tus compañeros (o tú mismo) durarais poco rato, con lo que empezabas a darte cuenta de lo que era la fustración, el dolor por ser derrotado cuando el puto villano está tan rojo que podría reventar con un pedo y la satisfacción por la perseverancia resumida en el inocente beso en la chola de una reportera sexy. Era un juego de los que ya no podrías encontrar, único en su género y totalmente divertido aunque lo juegues más mayorcito con un emulador (la única forma en que ultimamente podemos confiar para asegurar que estos juegos no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia). Ser fan de las tortugas ninja a principios de los noventa no era algo que se perdería con la llegada de la siguiente moda, las tortugas tenían una fuerza lo suficientemente fuerte como para vencer al paso del tiempo, o al menos es eso lo que creemos sus fans más acérrimos. Y el que este juego siga siendo a día de hoy un entretenimiento muy disfrutable es una buena prueba de ello.

Y voy a hacer como los chicos de Crisis Creativa, y acabaré el post a lo grande: con una chica enseñando carne.

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¿Qué pasa? A mí Irma me daba más morbo que April.

Memorias nostálgicas (1) Mónica y Cebollita

Escrito por mariods el 10/11/2011
Por una de esas extrañas razones, he decidido volver a publicar un post por Subcultura. Y esta vez quería profundizar en un tema distinto a lo que es mis trabajos, webcómics, cumpleaños y demás. Por una vez he querido reflexionar un poco acerca de esa extraña etapa que tiene que ver con ¿de dónde viene todo? ¿de dónde porras me vinieron las malditas ganas por primera vez de coger un puñetero lápiz y ponerme a dibujar chorrideces y paletudeces con un carente sentido de la lógica vulcaniana? Es algo tan complicado que sería incapaz de resumirlo con pocas palabras. He decidido crear una serie de posts acerca de esas cosas raras que amaba de pequeño, esas cosas que luego le pregunto a mis colegas y me miran como si estuviera drogado o algo o sencillamente me dan palmaditas en la cabeza y me dicen "sí, sí, toma un terroncito". Así que, antes que nada:

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Que luego digan que no aviso.

Cuando era pequeño, y en mi ciudad no había tienda de cómics, tenía tres lugares fantásticos de ocio donde bien podría devenir la octava venida de Galactus cargándose media Minessota que yo no me enteraría de papa: estos eran: La juguetería de mi barrio, donde adquiría los motherfucking vehículos de las más motherfucking Tortugas Ninja; el salón de recreativos, donde gastaba la paga semanal en el motherfucking videojuego de las más motherfucking Tortugas Ninja; y por último, las papelerías, donde reservaba mi cargamento semanal de Olés de Mortadelo, Zipi y Zape, Super López... pero raro era el día en que a alguien se le colaba por Alcoy un cómic de las motherfucking Tortugas Ninja. Devoraba con pasión esos tebeos, pero de algún modo, con mis seis/siete añitos (tampoco tengo memoria de paquidermo), sabía que existía un universo más allá, un universo que aún no podía dislumbrar bien por la gran distancia de otras tiendas de cómics, bien porque los superhéroes en esa época aún no me apasionaban demasiado (esos tíos tan mastodónticos, que solo sabían pelear y poner caras de estreñidos) o bien porque aún me quedarían dos años para descubrir los cómics de Astérix y Tintín, tan sublimes, llenos de aventuras espectaculares, cargados de letritas y... con unas tapas que me daban miedo porque no podían doblarse, aparte de que, para lo que costaba un cómic de esos, bien podía costearme cuatro álbumes de Mortadelo, ergo... no me mateis, joer, era un puto crío. :b

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FUCKEEEERS!.

Pero, en esa repajolera edad en la que no me desprendía del producto nacional, hubo algunos momentos en que me pude desvincular para conocer la obra comiquera de otros personajes no hispanos. Esto solía ser provocado en mayor parte porque muchos eran cómics que habían sido adaptados a series que consumía como un gili por la tele: Heatcliff (AKA: Isidoro, ese puto gato que NADA tiene que ver con Garfield); Garfield (ese puto gato que NADA tiene que ver con Isidoro); Snoopy (ese puto perro que se devoraría a ambos gatos anteriormente mencionados sin variar su expresión de sosainas de la vida), y las series Disney, y no hablo de Don Mikis, no, no, hablo de los putos cómics de la Editorial Primavera, sí, esos cuyas tapas se desprendían solas al llegar el otoño y las hojas eran papel higiénico. Dicho sea de paso, me encantaban los cómics de Donald y Patoso siendo periodistas a merced del tío Gilito en La Patada. Sí, lo habeis adivinado, por alguna razón adoro las parejas de torpones que meten en líos a sus jefes cabrones. Qué quereis, en esa época no conocía quienes eran Carl Barks o Don Rosa, pensaba que era el propio Walt Disney que dibujaba TODOS los cómics (y yo pensando "coño, este tío no tiene vida, hasta en la nevera sigue dibujando" - Recalco que era un puto crío - ).

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Cincuenta muñequeras wapas te pueden tocar, nen.

Pero hubo unos personajes en específico que de algún modo me encandilaban. De algún modo, en una época en que todos los cómics que leía se basaban en cafrerías, en continuos gags varios seguidos sin pararse un rato a pensar en lo que sienten los personajes, en lo que parecía ser un mundo que quería acercar a los niños lo que era el pavor de ser adulto y empezar a darle a entender que la vida era una jodida mierda y un palo tras otro, había unos cómics de los que solo llegué a encontrar seis, y todos ellos en packs de revistas viejunas (te los daban junto a un Mortadelo o un Mycomic (ay, otro día hablaré de los putos Mycomic con esos dibujos tan extraños que pretendían ser Los Aurones); pero se convirtieron en mis cómics de referencia en múltiples ocasiones y los leí tantas veces que me los llegué a aprender de memorieta. Estos cómics eran las aventuras de Mónica y Cebollita (Turma da Monica), del dibujante brasileño Mauricio de Souza.

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Le da un polo a ESA. Ha cometido el peor error de su vida.

¿Qué decir? Obviamente la primera impresión que dan es que son cómics para críos, el estilo que tienen no es muy diferente al de cualquier cuento troquelado para niños (las aventuras de la Ratoncita Perez conociendo al Soldadito de Plomo y arremetiendo contra las huestes del rey tirano Sastrecillo Valiente, fuck yeah bitches), nadie en su sano juicio recordaría algo así (de hecho hasta ahora ningún español me ha dicho que los recuerde); pero por alguna razón yo los recuerdo. Y los recuerdo porque, aunque solo tenía seis cómics totalmente ligeros, que podían leerse en tres horas mal contadas y que de algún modo tenían un estilo tan simple que no parecían ofrecer mucho a la mente, tenían algo muy especial, algo que siempre he valorado por encima de cualquier recurso en un cómic: alma.

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Violencia infantil. Qué hermoso.

Los personajes de esta serie, orientados obviamente a un público infantil (mi edad de aquella época, vaya) tenían rasgos que no compartían el resto de cómics que leía (recalco que era un puto crío y aún no había leído Astérix ni Tintín): los personajes tenían sentimientos, eran niños que no se preocupaban por lo que iba a ser convertirse en adultos o por el jodido charco tenebroso del hedor eterno que era la vida y la sociedad; sus únicas preocupaciones era encontrar la mejor manera de divertirse aunque para ello quedaran traumatizados ante una de esas cosas que solo entienden los mayores, de meterse en broncas que supusieran burlarse de las normas o sencillamente trollear a la niña marimacho del grupo.

Porque esta era otra: no eran personajes nada atípicos: teníamos a Cebollita, buena persona y aparentemente poca cosa, pero con aires de grandeza y muy fácilmente influenciable por el poder. Avaricioso y con muy mala uva en ocasiones, se divertía robándole el conejo de peluche a Mónica, la niña marimacho mencionada anteriormente. Desgraciadamente para él, resulta que la niña marimacho es, aparte de muy tierna y adorable, una cría que podía cabrearse con la rapidez y la potencia de doce mamuths en celo, siendo su ira capaz de destruir un continente cual dedo de Freezer, o incluso derrotar a Chuck Norris (de hecho en Brasil se afirma que así es); pero, ah, amigo, resulta que entre ambos hay feeling. Y encima del bueno, porque está claro que ni Cebollita es Ricdhard Gere ni Monica es precisamente Cameron Diaz. Francamente, es algo que denota la calidad de su dibujante: cuando yo era pequeño solo veía a dos críos que se odiaban a muerte y se daban de hostias, pero no pillaba el rollo del amor. Cuando eres mayor y vuelves a leer las historias te das cuenta de esa peculiaridad y esos "detalles" con los que el autor está soplándote a gritos que estos dos van a hacer el amor, Y MUCHO, cuando crezcan; pero tales detalles están tan bien camuflados que un crío sencillamente no los nota, ¿por qué lo notamos de mayores y de niños no? porque es la realidad, porque de críos no nos preocupabamos por esas cosas, al igual que Monica y Cebollita no le daban importancia. Aparte, teníamos a Cascarón, un crío que le tenía miedo al agua (más bien fobia) y Magali, una cría obsesionada con tragar y comer. Fiel reflejo de los niños, su mayor fobia y afición convertidas en dos personajes entrañables, y muy monos aparte.

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¡QUE ESTOY MU LOCA TRON, ¿EINH? QUE COMO ME TOQUES TE METO CON EL CONEJO Y TE VI A DEJAR MUÑECO!

Y eso es todo. Ni aventuras extrañas en Honk Kong, ni perdidos en el desierto del Gobi, ni robots gigantes destructores. No los necesitaban. Eran putos críos, sencillamente era la realidad y la percepción que un crío tenía de la vida, y el autor de estos cómics supo transmitirlo en sus páginas con gran perfección y soltura inigualable. Esto no significa que sus cómics fueran ñoños, para nada. Las historias me resultaban totalmente divertidas, emocionantes y ágiles, la expresividad de los personajes era brutal, y las situaciones en que se veían envueltos eran realistas, pero al mismo tiempo bizarras (salen ángeles y demonios, conejos, animales peludos de los que no sabes dónde está el culo y dónde está la cabeza, conejos, superhéroes frustrados, extraterresres, monstruos de Frankenstein, conejos... ¿cómo? vale, se me ha visto el plumero. Cualquier serie en la que los conejos tengan un mínimo de importancia ya es para mí un clásico. XD).

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Avatar con conejos. Mil veces mejor que la peli. Sin lugar a dudas.

Esta serie de cómics volvió a mí tras muchos años, en forma de una serie animada que retransmitieron en cierto canal autonómico (de cuyo nombre no quiero acordarme pero es Canal 9) y reavivó mi interés por los personajes. Descubrí no solo que en Brasil eran un jodido éxito, si no que llevan años y años sacando nuevos álbumes, o sea, su universo abarcaba mucho más que esos seis cómics que tenía aprendidos de memoria. Descubrí que su autor había dibujado otros millones de cómics, de muy variada índole, y que habían protagonizado la pera de películas, así como videojuegos, llegando hasta el día de hoy, cuando se siguen editando nuevas historias de estos personajes, y, por lo que he podido ver, manteniendo toda su frescura y su alma, que es lo esencial. El mercdado del cómic para niños, que no necesita de awesomidad, dibujos bestiajos, humor negro y hostiones a cada viñeta, aún está vigente, aunque sea en Brasil, y esto demuestra que los niños, al fin y al cabo, siguen siendo niños, por muy aprendidos que tengan los entresijos de un reproductor Blu-Ray o sepan calcular cuantas veces fulanito se ha acostado con menganita.

Esta serie supuso para mí una parte muy importante de mi infancia, se los leía a mi hermano pequeño (en ese momento acabado de nacer, por lo que no se si entendería las historias o solo pensaría qué coño hacía ese tío tan alto hablando en voz alta mientras miraba un papel). Podría afirmar que, antes que ninguna otra serie, esta serie me aportó la pasión por realizar guiones protagonizados por niños, así como por explorar ese mundo tan divertido y cafre que de algún modo perdemos cuando somos adultos y no podemos recuperar. Podría afirmar sin dudar que debo a estos cómics mi manera de ver el mundo de los niños y mi predilección por los argumentos basados en críos metepatas pero ansiosos de aventura. Puede que a Mortadelo y Filemón les deba mi afición a dibujar, pero es a Mónica y Cebollita a quienes debo mi pasión por los personajes con "alma", mucho antes de que Astérix, Tintín y otros muchos me enseñaran lo que eran personajes con mayúsculas.

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Y todo el rollo este total para sacar mi versión. Si es que, qué huevos tienes, Mario.

Y lo se, he empezado este post con una referencia bien oscura, en otros posts igual hablo de mis influencias más populares entre la gente. Dudo mucho que alguien conozca a estos personajes, aunque, como alguien me ponga en los comments que los conoce, me voy a pegar un alegrón que lo flipas de saber que no estoy solo. XD

De hecho, qué coño, miraré por Google a ver qué encuentro entre las últimas cosas que se han hecho con estos entrañables personajes de mi infancia y... y... y...

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O_o FUCKING GOD.